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sábado, 5 de noviembre de 2016

AGRESIVIDAD NO ES VIOLENCIA


AGRESIVIDAD NO ES VIOLENCIA, SINO CORAJE, EMPUJE

Como hemos apuntado en otras ocasiones y en las partes anteriores  Crisis, What Crisis?, The Rise of Women y The End of Men, de este artículo CRISIS DEL VARÓN. CRISIS DE PATERNIDAD, si bien el Feminismo en sus orígenes era “una batalla por la justicia y la dignidad de la mujer”, en esta lucha, “la mujer, sin apenas percibirlo, comenzó a renunciar a su propia feminidad, sin ser consciente del menoscabo que esto implicaría a largo plazo para su libertad y su pleno desarrollo personal”.

Hemos visto como el Aborto y la Ideología de Género se entronizaban en el Feminismo en un supuesto Nuevo Orden Mundial que ya no se expone sino que se necesita imponer por sus connotaciones contra-natura; mientras que surge simultáneamente un NEOFEMINISMO liberador para la mujer y también para el hombre, y capaz de volver las aguas a su cauce.


El varón no es inmune a toda esta simbiosis de una sociedad feminizada, sino que padece en mayor medida los efectos del Feminismo de Género hasta el punto de encontrarse en una verdadera crisis ante un avance de la mujer en la sociedad.
Vemos ahora como la Agresividad es una cualidad del varón mal entendida. Agresividad que no es violencia, sino empuje, coraje.


Continuamos con María Calvo Charro, en el Capítulo Crisis del varón, crisis  de paternidad  de su libro Alteridad Sexual. Razones Frente a la Ideología de Género hablando The End of Men.

AGRESIVIDAD SIN VIOLENCIA

El Dr. Macnamara, tras un análisis exhaustivo de miles de retratos masculinos en los medios de comunicación, encontró que en la mayoría de las ocasiones los hombres aparecen como villanos, agresores, pervertidos y vividores, mostrando pobres ejemplos de masculinidad para los jóvenes. En muchas series de televisión, el único modelo aceptable de hombre es el afeminado o el homosexual. En la misma línea, señala Rosin, como las mujeres casi siempre son presentadas como emprendedoras organizadas, casi perfectas; mientras que los hombres aparecen como vagos, torpes, sin ambiciones y teleadictos (Rosin, 2012).

El feminismo de género se niega a aceptar la existencia de una crisis del varón. Y se amparan en los sucesos, casi a diario, de casos de violencia en los que las mujeres son agredidas o mueren a manos de sus parejas, para someter a la masculinidad a un juicio colectivo en el que carece de presunción de inocencia. Y rescatan a los hombres de su masculinidad creyendo que nos hacen un favor a toda la humanidad, cuando lo que realmente ocasionan es un inmenso perjuicio, pues alimentan al monstruo que querían aniquilar: la incomprensión hacia las especificidades propias del varón puede producir sentimientos de frustración y violencia. De este modo, sin percibirlo, echan más leña al fuego que pretendían sofocar. Como afirma Sinay, «nadie es violento cuando puede ser como es. Cuando una mujer desprecia la agresividad de los hombres confundiéndola con violencia contribuye a sembrar gérmenes de violencia. Cuando una mujer y un hombre construyen un espacio de convivencia en el que todas las expresiones emocionales (con sus diferencias) les están permitidas a ambos, construyen también un antídoto contra la violencía... El fantasma, y a menudo el prejuicio, de la violencia sobrevuela sobre cada varón. Muchos, para no ser acusados de violentos, terminan por sofocar su agresividad. Esta confusión produce una suerte de castración emocional. Debemos tomar conciencia (una conciencia no culposa) de que la agresividad es parte de nuestro equipaje natural. Cuando nos aceptemos y seamos aceptados agresivos, dejaremos de ser destructivos. Con agresividad se construyen edificios y catedrales, se cruzan mares, se atraviesa el espacio, se exploran experiencias desconocidas. Con la violencia de hacen guerras, se somete al prójimo, se destruye el amor. La agresividad no da motivos de vergüenza. La violencia, sí» (Sinay, 2001: p. 75).

Esta incomprensión hacia los hombres y sus especificidades está trayendo una serie de efectos perversos cuyas consecuencias todavía no hemos comenzado a percibir con claridad. A pesar de todo, hoy las políticas, medidas administrativas y simpatías sociales siguen dirigiéndose hacia las mujeres; ignorando la profunda crisis por la que atraviesa el sexo masculino, capaz de provocar un desequilibrio en la sociedad de consecuencias muy graves en un corto plazo si no se toman medidas antes de que sea demasiado tarde.
 

lunes, 23 de marzo de 2015

VIOLENCIA CONTRA CRISTIANOS



El cristianismo y más en concreto el catolicismo le da un valor añadido a la “cultura del esfuerzo”. Hace que el esfuerzo y el sufrimiento, que siempre están presentes en nuestra vida, adquieran sentido, tengan un valor adicional, a la vez que nos liberan de temores y de culpas
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Si alguna característica tuvo el debate en la opinión pública con motivo de los atentados de Paris fue esa especie de culto que se rindió a la libertad de expresión. Se dejó claro que existen unos límites, que son los derechos de los demás, pero en la práctica también ha de haber mecanismos judiciales que protejan los derechos de todos de una forma efectiva. La libertad de expresión sin límites es una fuente de problemas, que se acrecienta con la globalización y la carencia de leyes y Tribunales Internacionales que protejan a todos.

Ante todo hay que decir que son condenables los atentados de Paris y todos los actos violentos, entre ellos la muerte de 21 cristianos coptos de Egipto en la playa de Trípoli y los 20 que han muerto en el atentado de Túnez a manos del IS, y muchos otros más. Y son condenables los atentados y todos los actos de violencia, porque hay algo en nuestro interior que nos dice que tratemos a los demás como nos gustaría que ellos nos trataran a nosotros, o incluso mejor, porque hay actuaciones que pueden herir más la sensibilidad de otros que la propia. Nos encontramos también con que, ante los atentados y la violencia en general, se acumula mucho dolor y se puede caer en la tentación fácil de polarizar ese dolor hacia los que opinan diferente, hacia quien puede ser un adversario a derribar.

Se ha afirmado que solo la ley puede poner límite a nuestros actos, que lo único respetable son las personas y que las creencias religiosas deben confinarse al ámbito estrictamente privado. Pero si hay algo que no nos queda más remedio que creer, es que dentro de cien años no estaremos aquí, y de los que estaban hace cien años no queda ninguno, y si cien años no es suficiente, ciento cincuenta sí. Si hubiera alguna ley, de algún parlamento, que dictaminara que vamos a seguir viviendo indefinidamente, y la ciencia a su vez garantizara que el envejecimiento ha sido “derogado”, podríamos rendir “culto”, además de a la libertad de expresión, a nuestros gobernantes, parlamentarios y científicos. Pero hasta que eso ocurra prefiero pensar en el largo plazo y en esa noción del bien y del mal que llevo en mi mismo y que veo que, cuando no practico el bien, hay algo que se deteriora en mí y me cuesta más distinguirlo, y cuando practico el bien, mi percepción del mismo se vuelve más nítida. Como dijo un filósofo, el bien lo conoce mejor el que lo practica, y el mal lo conoce mejor el que no lo practica. Cuando las leyes recogen y protegen el bien común son una guía útil para todos, pero cuando tergiversan el bien con el mal, como la ley que dice que el aborto es un derecho, hacen sangrar a la sociedad. Hitler llegó al poder de forma democrática. Las leyes de la URSS purgaron muchos millones de personas. El Estado Islámico está haciendo atrocidades.

Todo esto me lleva a pensar en la existencia de un Dios Bueno, pero no como una idea vaga, una especie de “fuerza” al modo de “La guerra de la galaxias”, sino un Dios con el que se puede establecer un trato personal y que cuando te encuentras con Él, tus “miedos” desaparecen, aunque sigas inmerso en las limitaciones que tienes, en “la cultura del esfuerzo”. A medida que a ese Dios Bueno y Personal lo “aparcamos” y lo retiramos de la sociedad desaparecen con Él, poco a poco, el bien, la verdad y la belleza, porque proceden de él; y nos llenamos de “miedos”, supersticiones; y la presencia de otros “dioses” es más tangible, porque el demonio, el ángel caído, también existe y su afán es “usurpar” el puesto de Dios. Como alguien dijo alguna vez, el demonio es como un perro atado, que sólo muerde al que se le acerca.

Decía una canción de los años setenta: “Salud, dinero y amor y el que tenga estas tres cosas que le dé gracias a Dios”. Podríamos afirmar que esto es lo máximo que puede ofrecer el estado del bienestar bien entendido. Pero la salud se deteriora con los años, el dinero desaparece con las crisis económicas y el amor, ahora mismo está en sus peores momentos y en peligro de sustitución por el “flash del placer”.

La felicidad se escapa como el agua entre los dedos de las manos, pero existe la paz interior en la que podemos distinguir varios niveles. La paz de estar a bien contigo mismo, cuando haces el bien que debes hacer y evitas el mal que no debes hacer. Requiere de la “cultura del esfuerzo”. Toda nuestra vida requiere de la cultura del esfuerzo. Vivimos contra corriente, ahora más que nunca. Aunque tenemos una idea del bien, el mal también nos seduce. Tenemos una inclinación al mal, como si ya por nacimiento estuviéramos llenos de troyanos, gusanos, spyware.

El cristianismo y más en concreto el catolicismo le da un valor añadido a la “cultura del esfuerzo”. Hace que el esfuerzo y el sufrimiento, que siempre están presentes en nuestra vida, adquieran sentido, tengan un valor adicional, a la vez que nos liberan de temores y de culpas. Este valor añadido que da el cristianismo a la cultura del esfuerzo hace que la paz interior que le es propia a la cultura del esfuerzo, adquiera una nueva dimensión. Es la paz interior del que busca hacer el bien para agradar a Dios, para hacer la voluntad de ese Dios Bueno. Es una paz interior que puede no tener límites y es compatible con el sufrimiento y el envejecimiento. Esta paz interior se reflejaba muy bien en Juan Pablo II y ahí radicaba su gran poder de atracción.

Y para hablar de todo esto no se requiere la Fe religiosa, excepto en este valor añadido que he afirmado que el cristianismo da a la cultura del esfuerzo y alguna otra afirmación más, que se puede catalogar de “cultura religiosa”. La mayoría de estas ideas son de Aristóteles, puramente filosóficas, que después, el cristianismo ha sabido preservar por su aportación al Bien Común. En palabras del Papa Francisco, “la moral cristiana no es no caer jamás, sino levantarse siempre, … no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios … salir del propio recinto para ir a buscar a los lejanos en las periferias esenciales de la existencia”. Es la Buena Nueva de la Fe Católica. El lector tiene también la oportunidad de descubrir el inagotable mundo de la Redención y los Sacramentos.

Benedicto XVI manifestó que: “A partir de la ilustración, la crítica de la religión ha sostenido reiteradamente que la religión era la causa de violencia, y con eso ha fomentado la hostilidad contra las religiones”. Y Manuel Guerra Gómez añade “Los representantes de las religiones reunidos en Asís en 1986 quisieron decir que esta no es la verdadera naturaleza de la religión. Es más bien su deformación y contribuye a su destrucción. Es verdad que el fundamentalismo esclaviza a los hombres, pero tanto el religioso, como el laicista y el ideológico pagano. Pero de suyo la religión en cuanto religión no es así, y mucho menos el cristianismo, venerador del Dios Amor. Si alguna vez lo ha sido, lo ha sido no por ser religiosos, cristianos sino por no haberlo sido suficientemente”.