domingo, 16 de julio de 2017

EL CEREBRO MATERNAL


Si bien el Feminismo en sus orígenes era una batalla por la justicia y la dignidad de la mujer”, en esta lucha, “la mujer, sin apenas percibirlo, comenzó a renunciar a su propia feminidad, sin ser consciente del menoscabo que esto implicaría a largo plazo para su libertad y su pleno desarrollo personal”.


En estos momentos en que se quiere imponer un supuesto Nuevo Orden Mundial de Ideología de Género y de Aborto, que contradice la naturaleza humana, y la dignidad y la verdad de la persona, necesitamos profundizar en ese conocimiento de la naturaleza humana en su vertiente física, psíquica y espiritual para desactivar los errores que esclavizan, privan de libertad y despojan a la persona de la dignidad de esa verdad que le es propia.

En este capítulo del libro Alteridad sexual. Razones frente a la Ideología de Género 2012”, María Calvo Charro, describe las bases biológicas del cerebro de la mujer, que explican el comportamiento diferente del hombre. “La naturaleza, y no la cultura, ha dotado a las mujeres de un vínculo profundamente sinérgico y simbiótico con los vástagos”,  comenta María Calvo.

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El cerebro maternal


Las mujeres poseen vías neuronales y hormonales que las unen afectivamente a sus hijos de una manera radicalmente distinta a la de los padres. La producción, en el parto, de oxitocina y, después, en cada contacto, caricia, beso o abrazo al bebé genera una dependencia y unión madre e hijo intensa y profunda. Esta poderosa pócima del amor genera en el cerebro de la mujer una fascinante reacción química que induce al deseo de estar con el bebé y a una preocupación constante por él. Las mujeres tras la maternidad quedan vinculadas neuroquímicamente a sus hijos.

Las mujeres nacen con una explicación natural de su propia valía. En palabras de Gurian, la niña nace con un sentido innato de su significado personal (Gurian, 2004). Su capacidad de tener hijos les aporta un sentido biológico a sus vidas de tal magnitud que sería suficiente para justificar su existencia. Esto se comprende especialmente desde el momento en el que son madres. Entonces nada importa ya, solo el hijo, que a su vez da pleno sentido a toda su vida.

La naturaleza, y no la cultura, ha dotado a las mujeres de un vínculo profundamente sinérgico y simbiótico con los vástagos. La madre experimenta una unión e identificación psicológica fortísima con su hijo; lo vive como parte de ella misma. Siguen llevándolo psicológicamente en su seno. La vida del hijo vale más que la suya propia. De manera que la reincorporación al trabajo y la separación del hijo tras el parto puede ser, incluso para las mujeres más independientes y profesionales, una experiencia realmente traumática. La capacidad de las mujeres en el ámbito laboral está en relación directa con la satisfacción de sus necesidades en el ámbito familiar.

Además, la mujer que ha sido madre tiene otros talentos añadidos. El «cerebro maternal» es diferente del cerebro simplemente femenino, ya que las hormonas generadas durante la gestación, parto y lactancia lo hacen más flexible, adaptable e incluso valiente, pues, como afirma la doctora Brizendine, «tales son las habilidades y talentos que necesitarán para custodiar y proteger a sus bebés» (Brizendine, 2007). Y estos cambios, según los expertos, permanecen ya para toda la vida.

Las «Virtudes» femeninas experimentan un incremento con la maternidad, ya que el «trabajo de madre» concede a la mujer unas aptitudes que demuestran ser muy útiles en diferentes situaciones profesionales. Gracias a los milenios dedicados a la crianza de niños inquietos, las mujeres han desarrollado muchas habilidades especiales: poder gestionar varios asuntos al mismo tiempo; ser práctica y versátil; ser afectiva pero objetiva; constante; paciente; ágiles en la adopción de decisiones en situaciones imprevistas y con un enorme espíritu de sacrificio y capacidad de sufrimiento. Todas estas son cualidades muy valoradas en las nuevas empresas más ágiles, flexibles y «amigables» . Así pues, como afirma el analista de tendencias Arnold Brown, la mejor preparación para los negocios es la maternidad



Muchas mujeres aman sus carreras profesionales pero, cuando su bioquímica se modifica para adaptarse a la gestación y al parto, su sentido de la importancia relativa de su trabajo cambia también. Por ello, una madre, para ser además una buena trabajadora y profesional y aprovechar todos sus talentos al máximo, debe encontrarse con un ambiente que favorezca la conciliación familiar y le posibilite el cuidado necesario de sus hijos. En caso contrario, cuando a una mujer se la obliga a optar entre la atención precisa de sus hijos y las obligaciones profesionales, su cerebro responde a este confijcto con un bloqueo debido al estrés que le supone tal tensión dialéctica. La angustia merma su capacidad cerebral tanto para enfrentarse al trabajo como para el cuidado de los hijos y finalmente no se siente capaz de simultanear ambas tareas. Cualquier empresario inteligente que desee aprovecharse de las muchas virtudes del cerebro maternal deberá favorecer a la mujer en el trabajo la flexibilidad y tranquilidad que requiere para que sienta que satisface plenamente sus obligaciones de madre.

En cientos de pruebas de empatía, sensibilidad emocional, inclinación a cuidar y afecto, niñas y mujeres -desde las más pequeñas hasta octogenarias- obtienen mayor puntuación que niños y hombres. La empatía se manifiesta como un deseo natural de ayudar a los demás. Un talento inherente a la esencia femenina, valorado por hombres de diferentes tiempos e ideologías. Darwin, en 1871, escribió que la mujer difiere principalmente del hombre por su mayor ternura y menor egoísmo. Freud consideraba que las mujeres eran tan propensas al autosacrificio que las calificaba de «masoquistas morales». Para Chesterton, «una mujer es una compensadora, lo cual es un modo de ser generoso, peligroso y romántico»



Y Juan Pablo II se refería a este don femenino como «el genio de la mujer».

Para Benedicto XVI, «La mujer conserva la profunda intuición de que lo mejor de su vida está hecho de actividades orientadas al despertar del otro, a su crecimiento y a su protección. Esta intuición está unida a su capacidad física de dar la vida. Sea o no puesta en acto, esta capacidad es una realidad que estructura profundamente la personalidad femenina. Le permite adquirir muy pronto madurez, sentido de la gravedad de la vida y de las responsabilidades que esta implica».

La pedagoga y teóloga Jutta Burggraf lo define como esa delicada sensibilidad frente a las necesidades y requerimientos de los demás, esa capacidad de darse cuenta de sus posibles conflictos interiores y de comprenderlos. Se la puede identificar, cuidadosamente, con una especial capacidad de mostrar el amor de un modo concreto, y desarrollar la «ética del cuidado» (Burgraff, 1999).

El origen biológico de la empatía se encuentra en gran medida relacionado con las hormonas típicamente femeninas -la oxitocina y los estrógenos- ligadas a su vez de forma íntima al comportamiento maternal y que impul­ san a la mujer a relacionarse con los demás y priorizar las relaciones personales. Aunque ambos sexos producen esta hormona, las mujeres lo hacen en cantidades mucho mayores, particularmente al dar a luz. Y sus efectos se anulan en parte en los hombres por la influencia de la tes­ tosterona.

Edith Stein, en su libro «La mujer», reconoce, unida a la feminidad, la existencia de una predisposición hacia determinadas vocaciones y profesiones que suele estar relacionada con el servicio a los demás y la socialización, como sucede con la enfermería, medicina o enseñanza

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En definitiva , la mujer tiene una tendencia natural a cuidar de su hogar y de las personas que lo configuran. Y esto le proporciona satisfacción, por grandes que sean los sacrificios personales y profesionales que implique. Los varones, por el contrario, no han sido dotados por la naturaleza de esta tendencia innata de servicio a los demás. Más preparados para la acción, movimiento, competencia y búsqueda de dominio, están más preocupados de mantener su jerarquía que en ayudar a los que les ro­ dean, llegando a pensar que su reputación sufre si se dedican a este tipo de actividades. Al hombre le preocupa más lo que sucede en el mundo que en su pequeña parcela y siente la necesidad de hacer algo grande, de arreglarlo, de mejorarlo. Le preocupa más lo general que lo particular. El hombre se vuelca en lo externo, en un afán de superación y de dominio de la técnica que lo circunda, y es en esa transformación del mundo exterior donde se siente más cómodo. El trabajo profesional suele ser el lugar donde proyecta su realización personal, donde se refugia si no es debidamente valorado en su hogar y donde buscan el reconocimiento y los halagos que muchas veces no encuentra en su casa, donde su mujer le recuerda constantemente lo torpe que resulta en las labores domésticas o le llama la atención por su actitud «poco materna con los hijos.

Por ello, es importante realizar una considerable labor educativa en este ámbito. No podemos caer en un predeterminismo biológico y asumir que los chicos «no sirven para esto». Es asimismo urgente acabar con los estereotipos y prejuicios sociales que impiden a los varones ejercer sus verdaderos derechos a la paternidad y su desarrollo personal pleno en el ámbito familiar. La educación debe y puede influir de forma creativa y enriquecedora en la naturaleza. Por medio del ejercicio de la voluntad, podemos favorecer la creación de hábitos de conducta en los varo­ nes, niños y adultos, que favorezcan un cambio gradual de mentalidad y de actitud hacia una colaboración más activa en el hogar y una adecuada valoración de la dedica­ ción a la familia.

Volveremos más adelante sobre el tema, hablando de la farsa de la intercambiabilidad de los sexos.



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