domingo, 22 de noviembre de 2015

CHAPAPOTE FILOSÓFICO



 
 
La Verdad nos hace libres ¿Y la libertad? ¿Nos hace verdaderos? Eso ha afirmado algún filósofo. Pero, ¿es correcto, o es erróneo? Y si es erróneo ¿dónde está el error?
 
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Tres amigos comen en un restaurante. A la hora de pagar, la cuenta sube 25 euros. Cada uno pone diez. El camarero les devuelve cinco. Se reparten uno para cada uno y dejan dos de propina. En realidad cada uno ha puesto nueve euros. Nueve por tres veintisiete y dos que le dejan de propina al camarero veintinueve. ¿Dónde está el euro que falta?

Con este enredo podemos pasar un rato entretenido en una cena, que se prolongará si entre los presentes hay alguien de “letras”, como se decía en mis tiempos de estudiante. El error está en el planteamiento. La comida cuesta veinticinco euros. Más dos de propina son veintisiete. Más tres que se reparten nos dan los treinta euros que pusieron inicialmente.

En la cuestión filosófica anterior hay algo de lo mismo, pero el enredo puede ser más difícil de desenredar porque no nos movemos en el terreno de la materia, donde todo es concreto y simple. Las matemáticas son para “tontos”, decía un profesor que tuve, sin embargo el campo de la filosofía es mucho más difícil porque no es tangible, pero más importante porque cuando el bien se confunde con el mal lo primero que aparece es el sufrimiento. Y a nadie le gusta sufrir. Podemos estar dispuestos a soportar el esfuerzo en aras de un bien mayor, pero sufrir por sufrir y sufrir indefinidamente, para siempre, no parece que a nadie guste.

Verdad, bien y belleza son tres conceptos filosóficos que tienen mucho que ver con la felicidad a la que aspiramos. Son valores trascendentales, acordes con nuestra esencia más profunda y salvaguardan nuestra libertad. Nos permiten ser libres. El error, el mal y el horror no nos atraen porque no nos proporcionan felicidad. Nos repelen y cuando vamos a ellos, lo hacemos engañados, seducidos u obligados. La verdad nos hace libres, pero con nuestra actuación libre no construimos la verdad, ni el bien ni la belleza. Estos existen previamente. Podemos hacer el bien y podemos hacer el mal, pero no por hacer el mal libremente se convierte en bien, en verdad ni en belleza. Arrogarnos la potestad de hacer la verdad con nuestra libertad, afirmar que la libertad nos hace verdaderos, es poco menos que dar forma a aquel “seréis como dioses” del Génesis.

Descartes baso su pensamiento filosófico, su discurso del método en el axioma “pienso, luego existo”. El planteamiento correcto es “existo, y porque existo pienso”. Su sentencia confunde las causas con los efectos y lleva la filosofía al subjetivismo, desconecta con la realidad, que es dónde radica la verdad, el bien y la belleza que a su vez es causa de nuestra felicidad. El caos en el que se han desenvuelto todos los filósofos posteriores ha sido tremendo y el sufrimiento que han aportado a la humanidad mayúsculo. Los horrores del siglo XX tienen mucho que ver con el pensamiento filosófico dominante en esa época y puesto en práctica.

El axioma, la “libertad nos hace verdaderos” supone la inversión del axioma correcto “la verdad nos hace libres”. Supone el mismo error anterior pero no ya en el campo de la razón, del pensamiento sino en el campo de la voluntad. Barra libre para hacer lo que te dé la gana porque eso es verdadero, es bueno y es bello.

Zapatero se hizo eco de esta frase “la libertad nos hace verdaderos” y ha corrompido de raíz nuestra legislación, dejándonos desprotegidos ante las mayores injusticias, ante las actuaciones más radicales. La ley 2/2010 es una bomba de relojería, un arma de destrucción masiva capaz de tapar bocas y romper ojos y dientes.
 

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