jueves, 17 de noviembre de 2016

LA MUERTE SOCIAL DEL PADRE


LA MUERTE SOCIAL DEL PADRE
En otras ocasiones hemos comentado el devenir del Feminismo desde la Equidad hacia el Género. Hemos apuntado que si bien el Feminismo en sus orígenes era “una batalla por la justicia y la dignidad de la mujer”, en esta lucha, “la mujer, sin apenas percibirlo, comenzó a renunciar a su propia feminidad, sin ser consciente del menoscabo que esto implicaría a largo plazo para su libertad y su pleno desarrollo personal”.
Hemos visto como el Aborto y la Ideología de Género se entronizaban en el Feminismo en un supuesto Nuevo Orden Mundial que ya no se expone sino que necesita ser impuesto por sus connotaciones contra-natura; mientras que surge también un NEOFEMINISMO liberador para la mujer y también para el hombre, y capaz de volver las aguas a su cauce.
En la otra cara de la moneda, el varón no es inmune a toda esta simbiosis de una sociedad feminizada, sino que padece en mayor medida los efectos del Feminismo de Género hasta el punto de encontrarse en una verdadera crisis. Hemos hablado de esta crisis en los artículos CRISIS, WHAT CRISIS?, en THE RISE OF WOMEN Y en THE END OF MEN.
Ahora estamos viendo cómo esta crisis afecta a la función de paternidad. Lo hemos visto en el artículo PADRES EN CRISIS y lo vamos a ver en este LA MUERTE SOCIAL DEL PADRE. más adelante veremos cómo, en consecuencia, los hijos son los grandes perjudicados.
María Calvo Charro, en el Capítulo “Padres en Crisis. La muerte social del padre” de  su libro “Alteridad Sexual. Razones Frente a la Ideología de Género 2014 lo expone con maestría.
 
LA MUERTE SOCIAL DEL PADRE


En este ambiente, intentan sobrevivir toda una generación de padres que no saben muy bien cómo desenvolverse en este panorama que les ha privado de su esencia, que les obliga a ocultar su masculinidad y que no les permite disfrutar de su paternidad en plenitud. Se sienten culpables y no saben exactamente de qué o por qué. Esta falta de identidad masculina les hace tener poca confianza en sí mismos, una autoestima disminuida que conduce a muchos de ellos a la frustración y que se manifiesta de diversas maneras en su vida: esforzándose por ser más femeninos; quedándose al margen de la crianza y educación de los hijos; convirtiéndose en espectadores benévolos y silenciosos de la relación madre-hijo; refugiándose en el trabajo, donde encuentran mayor comprensión y valoración que en el ámbito familiar.

 

La sociedad ha devaluado progresivamente la función paterna, hasta el punto de que la presencia y el papel del padre en la procreación resultan prescindibles. Las técnicas de laboratorio han logrado que el origen y dependencia de un padre se esfumen definitivamente. También hay madres solteras que instrumentalizan a los padres biológicos, a los que no permiten participar luego en su vida y que no tienen ningún derecho sobre el niño. Estas mujeres, puesto que ellas han decidido solas el momento de su fecundidad, ocultándolo al padre, consideran al niño como un bien propio y exclusivo, fruto de su narcisismo y del egoísmo. Estas decisiones de maternidad en soledad se basan en muchas ocasiones en el denominado «emotivismo», corriente de pensamiento asentada durante la segunda mitad del siglo XX y que justifica cualquier decisión «SÍ sale del corazón».

Para el «emotivista» no hay nada más allá de su experiencia personal, ignorando absolutamente el efecto que su decisión pueda tener en terceros o en el ámbito público (Chinchilla y Moragas, 2011). «El instinto maternal me llamaba cada vez más y no estaba dispuesta a esperar más tiempo a encontrar el hombre adecuado». Esta es la respuesta que ofrecen la mayoría de las madres que han recurrido a la adopción, la inseminación artificial o han tenido relaciones sexuales que han dado como fruto un hijo y no han avisado al padre de la situación. Estas mujeres degradan la paternidad y al hombre al colocarlo en el lugar de un semental. Y condenan a sus hijos (huérfanos antes de nacer) a una dolorosa carencia de por vida, la ausencia del padre.

Por otra parte, son asimismo frecuentes las interrupciones voluntarias del embarazo llevadas a cabo por mujeres en nombre de una veleidad personal, sin que el padre lo sepa o comparta su decisión; acto de máximo egoísmo que desgarra la necesaria y sagrada armonía entre los sexos.

 
Las feministas de género han logrado que el modelo social ideal y dominante ahora sea el consistente en la relación madre-hijo. La cultura psicológica actual parece confabularse con la sensibilidad femenina. Se ha difundido la convicción de que la proximidad emotiva constituye la variable decisiva para ser buenos padres. La cultura educativa que exalta exclusivamente la sensibilidad típica del código materno infravalora a los padres obligándoles a desconfiar de su instinto masculino, sintiéndose equivocados o poco adecuados. Reina la idea roussoniana de que la dirección y el consejo paterno impiden el crecimiento corporal y anímico del niño. El padre solo es valorado y aceptado en la medida en que sea una especie de «segunda madre»; papel este exigido en muchas ocasiones por las propias mujeres que les recriminan no cuidar, atender o entender a los niños exactamente como ellas lo hacen. Los hijos captan estas recriminaciones y pierden el respeto a los padres, a los que consideran inútiles y patosos en todo lo que tenga que ver con la educación y crianza de los niños.

 
Los padres se hallan llenos de confusión respecto al papel que desempeñan: cualquier elevación del tono de voz puede ser calificada de autoritarismo, cualquier manifestación de masculinidad es interpretada como un ejercicio de violencia intolerable, el intento de imponer alguna norma como cabeza de familia le puede llevar a ser tachado de tirano o maltratador. En este clima social imperante el padre siente su propia autoridad como un lastre y su ejercicio le genera mala conciencia.



2 comentarios:

  1. Bueno vuelvo a la pregunta clave, y le aseguro que no es con ánimo de fastidiar, es que no entiendo que manifestaciones de masculinidad pueden ser confundidas con violencia.

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  2. Hay momentos en que necesitamos, sobre todo los varones, que las cosas se nos digan con claridad y con fuerza, y en el momento oportuno. Cuando se enseña la “tarjeta amarilla” en el primer conato de mal juego, el juego se encauza.
    Se pone el ejemplo de “la bofetada a tiempo”. Es algo que hoy no se entiende pero ¿cuántas personas cuentan cómo, gracias a que su padre les dio una bofetada, se centraron y se les fueron los pájaros de la cabeza? La única bofetada que me han dado en mi vida, suelen contar. En el artículo se comenta que “cualquier elevación del tono de voz puede ser calificada de autoritarismo”. No obstante a cada hijo y a cada hija hay que tratarle según su sensibilidad. El problema con frecuencia no es equivocarse sino no hacer nada. Y si se cometen errores se pide perdón, y mejor antes de que acabe el día. Todos necesitamos aprender a pedir perdón, y con frecuencia las cosas quedan mejor que antes.
    No hace mucho vi una discusión entre dos compañeros de trabajo, se dijeron unas cuantas cosas pero el agua no llegó al rio. Al acabar la jornada uno de ellos se acercó al otro y cogiéndole del brazo con afecto, le dijo: Ha sido un placer pelearme contigo hoy. Disculpe el retraso y muchas gracias por su pregunta

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